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¿Qué tienen que ver Hitler y las Kardashian?

Según el autor Arthur Herman —en su magnífico libro La cueva y la luz— la respuesta se puede rastrear en el impacto histórico y filosófico que tuvieron —y aún tienen— Platón y Aristóteles en el surgimiento de Occidente. O, más bien, en un sinnúmero de resultados que trajo la tensión entre dos visiones opuestas del mundo y de la existencia y experiencia humanas.  El cristianismo, el renacimiento y la mentalidad emprendedora son solo algunos de los fenómenos derivados y explicados por la distancia entre un mentor y su pupilo, hace más de dos mil años. Una distancia que, de la misma forma, definió tanto las guerras y conflictos actuales como el surgimiento de los fanatismos políticos y la sociedad de consumo. Muchos han hablado de la evidente relación entre las sombras de la caverna mencionada en el conocido mito platónico y la irrealidad tormentosa que abunda en las redes sociales.


No obstante, seguro por llevar años trabajando en un medio “platónico” como lo es la cultura, me llamó la atención una de las primeras conclusiones que sugiere el autor respecto a lo que se puede denominar como pensamiento aristotélico. Me refiero a aquella relación que según el griego debían ejercer los sentidos humanos en la construcción de la realidad. Una realidad que surge, principalmente, de la observación atenta de todo eso que nos rodea Los sentidos despiertos han procurado eventualidades para nada despreciables como la teoría de la evolución, la revolución industrial y los viajes al espacio.


Dicha conexión sensible me pareció sumamente oportuna en el quehacer artístico y cultural como una forma de protección y adaptación de oficios que por lo general —y por fortuna— dependen de cierta forma constante de ensoñamiento. Nuestro trabajo, en buena parte, depende de un despliegue maravilloso de ideas e imaginación. Sin embargo, muchas veces dicha costumbre y actitud nos separa de la realidad —sí, tan cruda e implacable— lo que supone un debilitamiento y puesta en riesgo de nuestros proyectos y carreras en el tiempo. Desde luego no se trata de desconocer y vaciar de contenido la naturaleza de las profesiones ligadas al arte y a la cultura, pero sí reconocer que el camino es tan mundano como místico. Para sobrevivir, en suma, es obligatorio tener un pie en la tierra y la punta del índice dirigida al cielo. También puede ser la sana y sutil combinación de sentidos e ideas una fórmula acertada a la hora de evaluar las formas y los fondos de nuestro quehacer. Una fórmula que, preferiblemente, debe aplicarse día a día. Confieso que lo olvido con frecuencia


Varias veces he sostenido que trabajar en el arte y la cultura se siente como una constante y sucesiva adivinanza. Un juego permanente que requiere tanto de nuestra inteligencia y creatividad como de nuestra aceptación de la realidad compleja y desafiante en el que se desarrollan los proyectos. Un constante ensoñar con anclas y contrapesos en la realidad que como malabaristas nos permite avanzar a pasos medidos sobre la cuerda que atraviesa la caída. Es probable que todo se trate de una negociación  entre lo que se quiere y lo que se puede hacer: cálculo que nos puede parecer antipático y desconcertante, pero que supone que podamos seguir insistiendo en todo eso que creemos y queremos seguir defendiendo. Amores platónicos y procederes aristotélicos.


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