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Rosalía y sus caprichos

El ser humano es el encargado de tomar distancia de la inteligencia artificial. No tiene otra opción distinta: demostrar, con evidencias, lo lejos que se encuentra de esta intimidante tecnología (¿negocio?), cada vez más deslumbrante y engañosa. Dicho deber incluye que, a la  hora de crear, cada quien intente —al menos— confirmar lo inalcanzables que son nuestras capacidades como especie y como sociedad. En otras palabras: hacer lo humano, una y otra vez. Días atrás, por fin pude ver una de aquellas pruebas: la magnífica película brasileña de Walter Salles Ainda estou aqui (Aún estoy aquí), que relata algunas de las peores atrocidades de la dictadura militar que padeció Brasil por algo más de veinte años y que acabó en 1985. Una obra cinematográfica cuya principal virtud es la sensibilidad y la simpleza para detallar asuntos tan impredecibles para cualquiera como el miedo, el amor y la búsqueda de la justicia. Su historia se enmarca dentro del capricho de su protagonista: una madre de familia, no se permitirá ni permitirá que sus hijos vivan sometidos a la infamia de la incertidumbre ante la desaparición forzada del padre. Podría haber huido o renunciado a su causa. No lo hizo. No podía hacerlo. Su naturaleza estaba ahí para impedírselo.


El sociólogo francés Pierre Bourdieu sugería entrelíneas que una de las diferencias que podrían encontrarse en esa discutible clasificación de buen arte y mal arte, era otra clasificación: el arte con ambición y el arte sin ambición. Es decir, el “buen arte” funciona como contenedor y como expresión inagotable de caprichos humanos. La ambición creadora sería, entonces, ese cúmulo —más o menos— organizado de caprichos que orientan al artista a la hora de crear. Una fuerza invisible que como le sucedía a la protagonista de Ainda estou aqui define un destino inexorable. Una geografía inalcanzable para cualquier máquina, cuya programación le impide saber y conocer el alcance y el significado de la ambición desmedida. La máquina no puede desear con arbitrariedad. No fue diseñada para eso. Aunque dicha condición caprichosa y ambiciosa de los creadores no es nada nuevo ni nada sorprendente —hace años un amigo contaba la historia de un proyecto artístico de Miguel Ángel que tomaría varios siglos en poderse llevar a cabo— es indiscutible que cada vez es mas escasa y difícil de encontrar. Vivimos días de artistas sin caprichos.


En un mundo que premia lo genérico como forma del ser, es toda una suerte encontrar artistas que se desprendan de las tendencias definidas por los algoritmos y que traten de abrirse paso con creaciones inundadas de capricho y, por efecto, de ambición. Por eso me conmovió el hallazgo feliz de Berghain, la última canción de Rosalía, un universo sonoro tan variado y complejo que no parece una sola canción sino varias composiciones. Una obra llena de riesgos e irresponsabilidades; tal y como funcionan los caprichos y tal y como funcionamos los humanos. Cabe decir que la cantante tuvo a la mejor de las maestras, la siempre impredecible e indescifrable Björk. Berghain es un resultado humano y no podría serlo de otra forma. Que vaya a ser o no un éxito en ventas es otro asunto. Uno que Rosalía jamás ha negado y que también hace parte de ese capricho. Por lo pronto, tanto el personaje de Salles como Rosalía demuestran que seguimos a salvo mientras nos mantengamos humanos y en defensa constante de esa pesada sustancia que son las ambiciones. Ese amplio escenario, ese refugio, en el que le seguiremos siendo absolutamente inexplicables para la maquina simuladora.


La familia, el capricho supremo de la protagonista de Aún estoy aquí
La familia, el capricho supremo de la protagonista de Aún estoy aquí


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