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El metro y los murales

En Bogotá los murales se convirtieron en la solución predilecta de la burocracia. Sea cual sea el programa, la dependencia o el funcionario, los murales aparecen como una respuesta automática y, de paso, muy efectiva de ejecución de recursos públicos. Es de suponer que esto se debe a que el mural permanece un par de meses y la plata se invierte en algo “tangible”; lo que, además, comprueba ,ante los organismos de control, que los escasos dineros de la ciudad están siendo bien utilizados. El funcionario legaliza su esfuerzo algorítmico con un par de fotos que, casi sin excepción, son publicadas en las redes de cada entidad. Desde luego que no hay nada de reprochable en que el gasto público incluya al arte y a los artistas en sus decisiones y planes, el problema yace en que, ya sea por desinterés o desconocimiento, estas acciones públicas, que incluyen murales, han perdido —con el tiempo y su reiteración— su genuina razón de ser: operar como dispositivos para la provocación de diálogos sociales y comunitarios. No son pocas las ocasiones en las que se mide el éxito social de una ejecución o de un programa por los metros cuadrados intervenidos; un error común que se basa en una lamentable pérdida de oportunidad. Los murales sí tienen un efecto de catalizador social cuando su proceso de contextualizacion-creación-concertación importa igual o más que su resultado. Las ocasiones apropiadas para ponerlos a prueba sobran en Bogotá.


Tal y como se ha hecho público, durante los siguientes meses, e incluso una vez inaugurado,  se llevarán a cabo acciones culturales y artísticas en la descomunal infraestructura del metro de Bogotá. De antemano sé que las intenciones que se persiguen con estos programas son justificadas y con seguridad llegarán a feliz término. No obstante, sería muy interesante que dichas acciones y propósitos reconocieran que en esta ocasión el ambiente social crispado y la relevancia urbanística del metro sirven como un escenario favorable para hacer algo distinto, aunque, sin duda, de cierta forma más complejo. Un proceso diferente entre artistas, comunidades aledañas y usurarios. Un proyecto que reconozca a este nuevo sistema como lo que es: un sistema de intersección emocional de millones de habitantes. En otras palabras, cambiar la concepción misma de lo que es y cómo funcionará el esperado metro de la ciudad.


En ese sentido el metro no es realmente un metro. Será, como lo ha sido hasta ahora, un espacio de confrontación y tensión de nuestra ciudadanía a muchos niveles: incluyendo por supuesto el enrarecido asunto político, pero también tocando esferas más íntimas y personales de sus usuarios. He sostenido en otras ocasiones que los sistemas de transporte masivos del mundo hoy en día sirven un propósito mayor: son recintos en los cuales se dan cita obligada —sobre todo en ciudades tan segregadas como Bogotá— distintos orígenes, sensibilidades y miradas humanas (otro ejemplo feliz es la ciclovía). Y es en ese encuentro que aparece la magnífica oportunidad social  y artística para empezar a conversar entre bogotanos (todos). Hablar para saber sentir mejor.


Procesos, conceptos y resultados artísticos (murales) serían fundamentales para poner sobre la mesa y mediar ante ese repertorio multitudinario de emociones que a diario nos atraviesa y  que muchas veces define el rumbo de nuestros días. No cabe duda de que sería del mayor provecho para la deteriorada convivencia de la ciudad que cada una de las estaciones, esos lugares de espera y roce, propusieran conversaciones y confrontaciones emocionales a partir del arte y de la cultura. Los resultados, al menos como experimentación, podrían ser interesantes y reveladores: hay mucho que aprender de las dimensiones emocionales de cada uno como individuo y como colectivo.  Ojalá no se pierda esta oportunidad inmejorable. Por lo pronto vale la pena ir restándole valor a temas secundarios —pero tan recurrentes— como el ofrecido embellecimiento de los espacios o la política pública de decoración de las paredes y muros. El metro de Bogotá necesita mucho más que ser bonito. Es más importante que eso.


Una idea inicial
Una idea inicial

 
 
 

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