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Un mundo inmenso

Cuando en las próximas horas abandonemos Seúl y atravesemos el Atlantico, de regreso a Bogotá, le habremos dado la vuelta al mundo pintando murales. Han sido trece años de insistir y esperar. No fueron tiempos fáciles y mucho menos estables: tuvimos decepciones, intermitencias e interrupciones en el camino, pero el resultado no podría haber sido más satisfactorio. Hemos presenciado un mundo inmenso y sorprendente en el que la experiencia humana se despliega entre la belleza y la aflicción. Supimos de la humanidad compartida (de la que hablaba el filósofo Isaiah Berlín) al transitar doce países y ver lo propio en tantas gentes y existencias que creímos ajenas. No lo son. Nunca lo han sido.

Hace seis años empezamos a golpear puertas para crear nuestros murales en el exterior; asumiendo que la idea aún no era del todo esférica y tomaría tiempo de ser encausada. Cada proyecto de esta naturaleza tiene un momento preciso y único que no se puede forzar. Sin embargo, supimos ser pacientes y en el 2018, gracias al apoyo de la Cancillería de Colombia, estábamos llegando a Amberes, Bélgica, a pintar Mirada Compartida: nuestro primer mural en Europa. Un abuelo sostenía la mano de su nieto y contemplaban juntos una ventana que hacía las veces de porvenir. Ese día, cuando el embajador Sergio Jaramillo nos agradeció en la inauguración del mural, en frente de varias autoridades belgas, lo imaginado descendió hacia la realidad. Como en un cuento infantil, la manzana cayó del árbol dejando la huella de un asteroide.


No obstante el tiempo que ha pasado, el más allá del proyecto aún se conserva intacto. Agobiados por las deformadas representaciones que la industria del espectáculo ha creado sobre Colombia y los colombianos, decidimos ofrecer un relato alternativo a partir de murales en cada lugar que visitáramos. No se trataba de negar cierta realidad pero si de poner en cuestión su hegemonía. Desmantelar por contraste el mito del salvaje. Por esta razón, crear imágenes relevantes y significativas en espacios públicos de los países nos parecía fundamental. Interpelar relatos y brindar una mirada distinta y reiterada (cada mural dura al menos tres años) de representaciones que aluden a nuestras dimensiones más afiladas: la poesía, la música, el baile y la ensoñación han sido las coordenadas de creación que hemos repetido una y otra vez. No se trata de una mecánica, más bien en una metodología que detona la imaginación cuando antes de lo visual se concibe lo narrativo. Ese es nuestro sello.

Esta última oportunidad de honrar ese mensaje de una Colombia distinta, nos alejó cinco semanas de nuestros hogares y familias. Un precio elevado que aceptamos pagar para dar inicio a un nuevo comienzo en Vértigo Graffiti. El mundo giró y tuvimos la fortuna de acompañarlo en esa travesía.


Cerca a la navidad de 2019 y mientras caminábamos por São Paulo, alegres por haber terminado de pintar un edificio de 20 pisos en plena avenida 23 de Mayo, tuve una corazonada: nada volvería a ser igual. Y definitivamente no seguimos siendo lo mismo. Lo que nació hace trece años como una empresa, es hoy un modelo estratégico de cooperación para ofrecer, a partir de imágenes y relatos, conversaciones necesarias en el espacio público. Esos lugares donde se construyen las ciudadanías del mundo mientras coinciden los desacuerdos e indiferencias de las personas. Un territorio en el cual se manifiesta la condición humana en su sentido más sublime: ese momento en el que vemos espejos y nos reflejamos en las vidas de los demás.

Pronto volveremos a casa. Ya era hora de regresar. El mundo es un lugar inmenso, complejo y maravilloso. Ya no tenemos la menor duda. Seguiremos.

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