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De grafitis feministas

Camilo Fidel López


Siempre que algún tipo de movilización social busca ser catalogada como excesiva —creo que esa es la palabra— se trae a colación la presencia de grafitis como una de las evidencias para tal calificación. No falla. Estaciones de Transmilenio bloqueadas, enfrentamientos con la fuerza pública, vidrios de comercios y bancos rotos Y (en mayúscula) grafitis. Como si se tratara de un listado de comprobación de desmanes —también creo que esa es la palabra— aparece esta forma de expresión; que sin querer entrar en honduras o debates pretenciosos, nace también como una forma —mucho después se convertiría en un sistema— de protesta. No hace mucho encontraron en Pompeya un grupo de inscripciones que ingresan en esa categoría que, aparte de bromas y una que otra vulgaridad, incluían denuncias respecto del ejercicio del poder. En efecto, pintar paredes no se trata de un fenómeno nuevo ni mucho menos solo atribuible a los movimientos de izquierdas o a las nuevas culpables favoritas: las feministas. Es un asunto mucho más amplio y complejo que ni el más feroz de los volcanes puede borrar.


Bogotá lleva siendo por años —al menos desde 2013 y en el sector cultural— una ciudad caracterizada por su amplia y dialogada política de arte urbano y grafitis que, entre otras cosas, la ha catapultado como el lugar predilecto para miles de artistas, locales e internacionales, que intervienen las inmensas y muchas veces ociosas paredes de la capital. Lo anterior se puede comprobar dando un breve paseo por cualquiera de las localidades en las que ahora abundan tanto los murales institucionales o publicitarios (arte urbano) y las formas de expresión más espontáneas e independientes (estos sí, grafitis). Todo convive en un ecosistema de expresión que ha sido muy saludable para la ciudad y sus ciudadanos. Lo “bonito” y lo “feo”, lo “entendible” y lo “indescifrable” comparten escenario en la Bogota más diversa y difícil de cualquiera de sus tiempos. Por esa razón, me llama la atención como para muchos la palabra grafiti sigue pudiendo tener una connotación peyorativa incontestable que, como mencioné, se integra con ligereza a otras formas de “violencia” en el espacio público.


Hace poco en una reunión con entusiastas de las artes y de la cultura de Bogotá a la que fui invitado, sostuve la necesidad de que el apoyo institucional al arte urbano —ya quedó planteada la diferencia con los grafitis— regresará al plano político y abandonara para siempre la aburrida tentación de convertir a los artistas en decoradores de ciudades. Y es en ese plano político donde se encuentra la gran oportunidad social de la ciudad, pero, a la vez, es ahí donde encuentra mayor resistencia y susceptibilidad. Preferimos pájaros y montañas a la denuncia y a la confrontación pacífica. (Algo muy curioso es la crispación que causa un grafiti cuando vivimos inmersos en una sociedad que se define y alza sobre su plena aceptación —cuando no celebración— de la violencia). Es probable que por el escozor que causa esa protesta escrita sobre las paredes es que en las recientes manifestaciones del M8, en el que miles de mujeres en Bogotá y el mundo se tomaron las calles, se tratara con tantos prejuicios los grafitis que se pintaron sobre paredes y monumentos. Expresiones que permanecerán por un tiempo revelando una percepción —en este caso— sumamente relevante de la realidad que habitamos: un mundo hostil y peligroso para las mujeres. Hace días un par de comentaristas y opinadores traían a colación el chantaje barato de fotos viejas de algunas señoras limpiando los grafitis: como si de esta forma se rebatiera en todo aspecto y sentido el significado de las palabras que se consignan. Interesante que alguien, en su momento, les hubiera preguntado su opinión sobre los feminicidios denunciados o las múltiples formas de opresión que cada día abaten a millones de mujeres en el mundo y de las cuales tratan esos grafitis y que ellas —por contrato— limpian.


En esta ocasión creo que es oportuno agradecer a las feministas por sus grafitis. Por lo pronto, han dejado un gran recordatorio de la naturaleza y sentido de la cultura —devenida en forma artística— de intervenir las calles. De eso se trata: plasmar una realidad que se intenta invisibilizar. Basta referir las cifras de violencia contra la mujer en el país para notar que se está lejos de encontrar algún tipo de solución o alternativa a una realidad tan atroz. Los episodios y casos siguen sucediendo y con eso basta para que cada ocho de marzo las ciudades del mundo se llenen de grafitis. Porque estas palabras, nada más y nada menos , son ejercicios de memoria que advierten sobre la brutalidad y el acecho que continúa y se resiste a desaparecer. Desde luego que habrá quien no prefiera hablar el respecto y seguir el juego de los niños pequeños que se tapan los ojos y de esa forma creen que todo lo que los rodea desaparece. Allá ellos.


Hace poco leía un cuento del autor brasileño Murilo Rubião —que me recomendó un librero en su local de la calle 45— en el que se relata la historia de un forastero que llegó a hacer preguntas a una ciudad de casas blancas y puertas cerradas y por tal razón —luego de un juicio corrupto y amañado— fue apresado. La causa en su contra se sostenía por la tenebrosa premisa que dictaba que en ese pueblo nadie debía hacer preguntas. Y en eso creo que consiste el deber —esa palabra delicada— de los grafitis: seguir haciendo preguntas hasta el agotamiento. Por ejemplo, ¿dónde están ellas?, ¿qué les hicieron?, ¿quién les hizo eso?. Y sobre todo, ¿por qué nadie dijo nada?.



Felicitaciones a las mujeres que se movilizaron el pasado ocho de marzo y, de nuevo, muchas gracias por defender un mejor porvenir para mi hija.


(Foto de Santiago Saldarriaga, para El Tiempo)



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