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No borren los grafitis

A Flex, otro grafitero caído. Otro más.

No sabemos todo lo que está pasando. Nadie lo sabe. La furia, la desesperación y el ruido no son buenos amigos del entendimiento. Probablemente, nos tomara algún tiempo comprender las transformaciones que están sucediendo ahora mismo. Podríamos tardar años en concebirlas, y otros más, en aceptarlas. La confrontación parece escalar entre aquellos que saben y presienten el cambio y aquellos que se niegan a permitir la llegada de los nuevos días. Y aunque la historia siempre sabe abrirse paso, un ejercicio prolongado y colectivo de observación atenta podría ser fundamental para que la miserable quietud no vuelva a triunfar entre nosotros.

Por esta razón, recomiendo no borrar los grafitis que han aparecido en las estaciones de Transmilenio. No solo pueden ser muy útiles para el proceso de reconciliación que -tarde o temprano- deberá llegar, sino que también permitirá un uso estratégico y reflexivo de los recursos públicos.

Si se quisiera, cada grafiti en las estaciones de Transmilenio podría convertirse en un momento y una instancia pedagógica. En ese sentido, borrarlos sería una oportunidad perdida. Dada la naturaleza de estas inscripciones, que refleja y sintetiza los pensamientos, emociones y creencias de individuos anónimos, los grafitis podrían ser el comienzo de una conversación que ha tardado demasiado en darse. Imagino a los gobernantes y autoridades (incluso a los policías) leyendo con detenimiento cada uno de ellos y permitiéndose dimensionar el inmenso espacio que cabe entre cada una de sus palabras y letras. Es posible que durante estos momentos de examen de la opinión ajena, quien observa, pueda capturar el instante emocional (como quien toma una fotografía) que llevó a alguien a pintar ese grafiti. Un ejercicio de comprensión (con seguridad angustiante y doloroso; a nadie le resulta cómodo ser llamado bastardo o asesino) que descifrará -en parte- la profundidad e infección de las heridas vecinas y por supuesto, las propias.

Además, dejar a los grafitis por un tiempo tal y como están, también le permitirá a miles de personas que a diario usan el servicio de transporte, madurar su opinión sobre el contenido de esas palabras y letras inscritas. Un experimento colectivo de reflexión social nada despreciable. Una escuela gratuita de comprensión de lectura de los demás. Un sistema público de espejos.


Por otra parte, hay que tener en cuenta que estos grafitis no afectan -en la práctica- el funcionamiento de las estaciones; algo que cuestiona su categorización precipitada como daño a la propiedad pública. En efecto, no existe evidencia del deterioro en la prestación del servicio por la aparición de grafitis. (Tanto lo sabe Transmilenio que hace algunos meses invitó grafiteros a un programa exitoso de intervención artística desarrollado en sus propias estaciones). En cambio, sí se afectaría el sistema (y a largo plazo a los usuarios) si se invirtieran cuantiosas sumas de recursos públicos para “limpiar” la infraestructura; afectando así la economía básica del servicio: la tarifa. Estas sumas de dinero, podrían utilizarse para comprar más buses con tecnologías limpias o para adelantar campañas de cultura ciudadana.


De hecho, borrar los grafitis, tampoco sería estratégico teniendo en cuenta que podría ser percibido como una reacción o una censura, lo que incentivaría a muchos a volver a pintar las estaciones. Generando así un círculo vicioso -casi un juego- que desperdiciaría miles de millones de pesos. Una y otra vez.



Por años, muchos han afirmado, sin equivocarse, que gran parte de nuestros problemas residen en nuestra incapacidad para escucharnos. Es probable que antes de eso debamos empezar por algo más sencillo: vernos los unos a los otros. Aceptar que la presencia ajena también ocupa un lugar en el mundo: un espacio que debe ser respetado, valorado y comprendido. Quizás los grafitis son simples artefactos de memoria que sirven el propósito básico de recordarnos que los otros también existen.


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