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Mirada Compartida

A don Jaime Navas.

Un cementerio de lápidas de mármoles grisáceos, que sobresalían como monedas clavadas en la tierra, se elevaban inclinadas en un césped corto y encogido por el frío. Los graznidos de los cuervos, que se posaban discretos en lo árboles, marcaban el ritmo del camino hacia el muro. Cuatro artistas colombianos, curtidos en las calles de Bogotá, sorteaban el frío de una primavera que se negaba a empezar. Estefany, Santiago, Sebastián y Ricardo, cada mañana, durante una semana larga, distraían su paso leyendo los nombres de los muertos e inventando sus finales y sus comienzos. El célebre equipo de Mientras Duerman Crew, volvía a unirse, luego de la partida de Estefany a Francia, para pintar su primer obra de gran formato en Europa. El entusiasmo, día a día, se mimetizaba con el vértigo que traen siempre las primeras veces. La meta era simple pero relevante: contar una historia diferente de Colombia y sus habitantes.

La imagen escogida, que retumbó por meses en las imaginaciones de los artistas, pretendía extender un puente entre el tiempo. Invitar a un conversación, en vísperas de deshacerse, entre dos generaciones. Lo viejo y lo nuevo. La experiencia y la experimentación. Lo sabido y lo querido. Se manifestaban en un dibujo sencillo: un niño y su abuelo, de espaldas pero unidos, compartiendo la mirada hacia una ventana de nubes esponjosas y horizonte azul, que cumplía el trabajo sucio de la abstracción. (Por cierto un homenaje pretendido al maestro belga del surrealismo, René Magritte). Desde antes de partir de Colombia, los artistas habían decidido alejarse de las representaciones fáciles y siempre festivas del país. El anciano y su nieto, detenidos por la quietud de la pintura sugerían un escenario de contemplación y pensamiento. También, por supuesto, interpelaban con la nostalgia que traía evocar a los abuelos que seguían y que se fueron. Como sucedería con don Jaime, tres años después.

Con facilidad las obras callejeras dejan de pertenecer a sus artistas. Son víctimas felices de las emociones de sus espectadores y en algunos casos, se transforman con las sacudidas del mundo. Ninguno de los cuatro grafiteros, alcanzaron a imaginar que un par de temporadas después, ese anciano y ese niño, serían la representación de dos generaciones que sufrirían hondamente por la llegada de una pandemia. Unos por la muerte prematura y acelerada; los otros por el encierro y el aburrimiento. El mundo cambió y el mural seguía ahí; curiosamente, ambos, dejando de ser lo que originalmente fueron.

Ojalá los días que se avecinan y los cientos de obras de las calles del mundo, que trataron de explicar el desquiciamiento de los meses recientes, sirvan una utilidad mayor y puntual: comprender que el tiempo del hombre es una alianza entre el pasado y el porvenir. Ni los viejos pueden ser hechos a un lado, ni los niños responsabilizados de un futuro incierto. Sólo una mirada compartida, como la que los habitantes de Amberes en Bélgica presencian a diario, puede garantizar que la vida revele su propio sentido. Atar horizontes comunes que dependen, como un inexperto malabarista, de un equilibrio endeble que no podrá evitar una caída fatal si uno de los extremos se suelta.


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