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Los Murales Espejos

Cuando Diana y Hernán se acercaron, con pasos desechos y una mirada ausente y desolada, supe de inmediato que eran los invisibles. Se detuvieron ante el mural (ubicado en una de las avenidas más concurridas y transitadas de Bogotá) y se reconocieron en él. Así como era evidente que la vida no les había sido fácil, tampoco lo fue verse reflejados en esa pintura gigantesca llena de color y firmas de grafiti: el beso más grande de la ciudad. Estuvieron observando el muro por minutos, en silencio y con gestos confundidos de alegría. Atravesaron la calle y se sentaron en el piso con un aparatoso trasteo que traían a cuestas desde El Bronx; el barrio más brutal de la brutal capital. Catalina, Carlos y yo, nos sentamos juntos a ellos. Los saludamos y les pregunté si les molestaba que los grabáramos. Hernán negó con la cabeza; Diana asintió sin casi voluntad; absorta en pensamientos demacrados. Catalina prendió la grabadora; Carlos encuadró la imagen. No recuerdo cuál fue la primera pregunta que les hice. O más bien, que le hice a Hernán. Diana, durante toda la entrevista, que no duraría más de veinte minutos, no dijo nada. O más bien, su silencio dijo lo suficiente.

Dice la filósofa norteamericana Martha Nussbaum, en varios de sus ensayos y publicaciones, que parte esencial de las emociones humanas -y en su alianza inquebrantable con los pensamientos- se relaciona con la capacidad de imaginar. En ese sentido, la imaginación sirve como un luminoso escenario en el que la emoción se hunde o se sobresalta y, como resultado, se desvanece o termina por dominarnos. Basta recordar la última vez que sentimos celos para comprobar que fue la dirección de nuestra imaginación la que nos trajo algo de serenidad o solaz o, en cambio, nos privó del sueño al atravesar en nuestra mente imágenes inoportunas y desconsideradas. No obstante, lo más interesante de la teoría de Nussbaum (por su contenido y sentido transformador) es que halla en ese poder imaginativo toda una estrategia para practicar la empatía.

Al imaginar al otro, podemos concebirlo, medirlo, ser y estar a altura y por efecto, comprender su sufrimiento, su inquietud e incluso su desdicha. Y de esta manera, al situarnos en la vida ajena, se facilitan el diálogo y la cooperación entre semejantes. (Una cuestión prioritaria en las sociedades contemporáneas) No cabe duda, que la filósofa fue inspirada por las diversas descripciones de la experiencia artística: el acto de vernos a través de un objeto emocional (¿emocionado?) como lo puede ser una escultura (como le sucede a mi mamá con La Piedad de Miguel Ángel al “imaginar” el sufrimiento de María al sostener a su hijo moribundo), una pintura o una película.

Por supuesto, que el arte urbano no escapa de ninguna de las conclusiones mencionadas: funciona tanto como facilitador del diálogo social o como detonante de la práctica de la experiencia catártica íntima; el arte dispuesto de manera gratuita y espontánea en las calles de la ciudad tiene una utilidad fundamental que aún nos cuesta admitir y sobre todo, aprovechar.

En mi opinión dicho descuido se debe al desprestigio que ha sufrido el arte urbano respecto a formas más aplaudidas y tasadas de arte, lo que no significa que no se pueda empezar -ahora mismo- a considerar a los muros (vistos en conjunto o separadamente) como espacios y plataformas adecuadas -al momento de la aparición de la obra mural- para la concepción y multiplicación de experiencias emocionales (diálogos provechosos) que sean saludables y útiles para los ciudadanos.

Bastaría dejar de ver al mural como una llana superficie física (el objeto) e “imaginar” que lo que se tiene en frente no es más, ni menos, que una invitación a conversar (el aura). Una apuesta dialéctica que inicia en la consideración y aceptación de un pensamiento diferente, ajeno y externo al del transeúnte. De nuevo, “imaginar" el mensaje del artista en su ausencia física pero inserto en la presencia de su obra. Adicionalmente, una premisa que no puede menospreciarse es que los murales que aparecen en la calle son imágenes, y como imágenes conservan su potencialidad de transformación en algo más; esto es, un diálogo silente y beneficioso para el observador, quien a partir de ese experiencia puede llegar a comprenderse a sí mismo y a los otros. Un espectador inquieto diría que, en resumen, la tarea necesaria es dejar de ver murales y empezar a ver espejos. Un espejo fantástico en el que no solo se refleja nuestro sentir y pensar sino también el de los demás.

Por todo lo anterior, es que El Beso de Los Invisibles funciona como ejercicio de examen propio y ajeno. Bogotá lleva ya casi siete años, presenciando a diario un espejo de amor con el que se han identificado, sumido y emocionado. En su momento El Beso generó un debate público álgido sobre la conveniencia de pintar a dos habitantes de calle de más de 250 metros cuadrados, que, sin que mediara pudor, se besaban tirados en el piso mientras Juan Manuel Santos daba un discurso a pocos metros de ellos. Como siempre, el tiempo supo poner todo en su lugar: hoy la ciudad disfruta de un monumento (¿grafiti?) que recuerda al menos dos instancias fundamentales de la experiencia emocional humana: nuestra natural entereza y convicción para amar y la inevitable conclusión de que también los otros -en cualquier circunstancia o adversidad- pueden entregarse al amor. La más sutil e irreversible de las renuncias. El precipicio compartido.


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