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Grafiti y publicidad: el pacto siniestro

“Ya no hay buenos muros”, me dijo Gonzalo. A pesar de ser una ciudad que -también- creció descomunalmente hacia arriba, el Distrito Federal se quedó sin muros. Cientos de edificios ahora prefieren recibir un pago esporádico para alquilar sus fachadas y culatas -a marcas y empresas dispuestas a pagar por publicidad- que servir de lienzos para artistas. Lo inusual -algún desprevenido lo llamará innovador- radica en que estas gigantescas vallas son ejecutadas por grafiteros y muralistas. En la capital mexicana las vallas y anuncios se disfrazan de grafitis y las empresas aprovechan tecnicismos legales (que abaratan costos) para contaminar aún más la ciudad. Y así, poco a poco, se van perdiendo espacios estratégicos para la creación de obras pictóricas de gran formato que inviten a la reflexión y el diálogo; la interrupción de la mirada o; la sugerencia de la otredad desde la imagen. La publicidad se traga al arte sin masticarlo.

Por supuesto que no se trata de censurar toda la participación del sector privado. Es más, el rol de las empresas y las marcas es fundamental en el florecimiento del arte y la cultura (no es nada nuevo la intervención del capital en la creación del hombre, lleva haciéndose por siglos). No obstante, la negociación entre lo privado y lo cultural debe generar provechos para ambos, no solo para uno de los extremos y mucho menos solo para el más robusto y poderoso. Como es el caso de las vallas disfrazadas de grafitis que nada dejan a la cultura del arte urbano, y aportan muy poco -o nada- a la consolidación de las carreras de los artistas que las elaboran. Dicha asimetría anómala no es solo una cuestión exclusiva de Ciudad de México, con preocupación veo el avance de estas publicidades maquilladas con spray también en Bogotá. Y la ciudad, que día a día se jacta de ser una capital del grafiti mundial, no puede permitírselo.

Nada puede endilgarse a los artistas que participan en estas campañas: es un trabajo como cualquier otro y es su deber considerar propuestas que los puedan aliviar económicamente. O mucho menos, se puede responsabilizar a los edificios que ven un negocio que les puede ser útil para reducir los costos de administración de sus residentes. Sin embargo, lo que debe observarse -más allá del juicio moral que no me corresponde- es la pérdida de oportunidades del sector privado de crear grandes campañas, útiles, llamativas y memorables de la mano creativa de los grafiteros. ¿Contratar artistas profesionales, sensibles y voraces para que hagan el trabajo de una impresora que tardaría en hacerlo un par de minutos? O aún peor, ¿pagarle honorarios a esos artistas para que solo reproduzcan ideas trasnochadas de agencias de publicidad que desconocen sustancialmente las razones de ser y pervivir del grafiti y la ciudad misma?. Más allá de ser inconveniente -y me quedan muchas dudas sobre su legalidad- lo que están haciendo las marcas y empresas es tirar el dinero a la basura. Y de paso también contaminan.

Y es que en eso consiste la gran diferencia entre la publicidad y el arte. Mientras la primera -en su mayoría- busca enajenar al espíritu humano, conduciéndolo hacia el gran malestar del consumo; de otro lado, el arte supone todo lo contrario: su liberación y sublimación. Por eso la publicidad en el espacio público es considerada contaminación visual exterior y, en cambio, el arte -al menos esa era la intención de la ley- es promovido e incentivado: a sabiendas de su capacidad para sugerir conversaciones necesarias para la ciudadanía. Ojalá este breve texto sirva de consideración para las marcas y no nos llegue a pasar lo del DF. Y como fatal consecuencia amenacemos uno de los patrimonios culturales más auténticos que depende, en su constitución, de artistas que insistan en el oficio de pensar autónoma y críticamente .

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