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Elon Musk y el grafiti

¿Y cuántos seguidores tienen? Trece mil, respondí. Casi trece mil…doce mil algo, corregí de inmediato. La mujer se detuvo un instante para anotar la cifra y volvió a preguntarme ¿y cómo están de engagement? No supe qué responder. Amablemente me guió por la plataforma digital para entender las métricas y conclusiones de las interacciones en Instagram. No supe más de ella pero me dejó cierta inquietud y cierta incomodidad. El próximo enero, Vertigo Grafiti celebrará su aniversario 13, un período de tiempo donde hemos visto cómo la cultura del arte urbano y el grafiti han cambiado y evolucionado. A veces para bien, a veces para ponerse en riesgo.

La extraordinaria digitalización del mundo es inevitable e irreversible. A pesar de la naturaleza de la práctica del grafiti y el arte urbano, que depende en gran medida de un habitar físico, esta cultura no ha sido inmune ante esta vertiginosa transformación. En la actualidad las pinturas y murales callejeras coexisten, palmo a palmo, entre lo físico y lo intangible. Con contadas excepciones, toda acción de intervención del espacio público cuenta con su replica (¿duplicación?) en alguna red social (la quintaesencia del mundo digital). La audiencia de las obras ahora incluye a los transeúntes virtuales que se detienen ante paredes brillantes de pocos centímetros confinadas en una pantalla.

En cualquier caso, oponerse a este fenómeno de digitalización es inútil y poco provechoso. No obstante, vale la pena observar atentamente todo lo que está sucediendo. Sería equivocado asumir que los cambios son -en esencia- perjudiciales para la cultura; basta pensar en la inmensa difusión que traen las redes sociales para los viejos y nuevos talentos, multiplicando de esta forma el alcance de muchos mensajes y reflexiones sumamente relevantes y contemporáneas. El intercambio e intersección cultural que acarrea ver los murales y obras concebidas en otro extremo del mundo, con tan solo deslizar un dedo, conforma un proceso cultural de inmenso valor. El mundo ahora también se comunica a través de las replicas digitales de sus murales, nutriendo (y complejizando) de esta forma el concepto de libertad de expresión artística en las calles y por efecto, del uso del espacio público.

No obstante, sería imperdonable aceptar estos nuevos medios -y sus recompensas- sin ofrecer algún tipo de resistencia o reparo. Aunque las redes sociales han ampliado los públicos y han estrechado las relaciones virtuales de la creatividad humana, no se puede perder de vista que siguen una lógica comercial que depende, casi en exclusiva, de mantener a sus usuarios conectados el mayor tiempo posible. Lo anterior ha causado que dichas redes premien e incentiven el exhibicionismo, la mentira y la frivolidad: convirtiendo, a cualquier costo, la desatención y la desinformación en sus principios fundamentales y organizacionales. El retorno de los 44 billones de dólares que Elon Musk acaba de invertir en Twitter parten de la probabilidad de que esta red social sea un negocio en crecimiento, así sea socavando las bases de la democracia al darle resonancia a los rentables discursos del odio, la discriminación y la violencia.

De nuevo, la cultura del grafiti y el arte urbano no han sido ajenas a estas nuevas circunstancias e incentivos. Es innegable -y triste- la proliferación de artistas y obras que, rayando en el desprestigio, el ridículo y la vanidad, buscan llamar la atención de los perversos algoritmos y de esta manera hacerse más atractivos para potenciales clientes o marcas. La reflexión sobre lo que se pinta y lo que se dice ha sido reemplazada por el número de likes e interacciones. No existe franqueza y rigor entre tanta escenificación coreográfica. Pareciera, y en eso consiste el mayor de los riesgos, que se le está dando más importancia a la replica (la imagen en la plataforma) que al original (la pared intervenida) y que cobra mas valía al personaje (el influencer/entertainer) que al artista mismo y a su carrera. Mientras el creador se menosprecia a sí mismo en su contenido, la comunicación y diversidad en la calle se desvanece. El artista se vuelve consumible, prescindible, y reemplazable. Lo grave es que mañana siempre habrá alguien más capaz y más dispuesto al ridículo. La payasada no es un negocio estable.

En todo caso, no se trata de abandonar esas nuevas tecnologías sino más bien sacarles el mayor provecho (incluyendo el económico) sabiendo trazar muy bien -y cada quién- sus límites, e identificando a tiempo sus consecuencias. A pesar de que el mundo digital privilegie lo instantáneo y lo peregrino, eso no significa que sea obligatorio prescindir de los proyectos artísticos a largo plazo y, mucho menos, inobservar su escenario natural: la calle. En efecto, una posible alternativa sería buscar un equilibro creativo, en tiempo y recursos, entre lo físico y lo digital (y las remuneraciones que se hallan en una y otra instancia). De otra forma, la avalancha de las redes sociales seguirán perjudicando y empobreciendo la cultura; drenando su sustancia y convirtiendo al artista en una entidad desechable.

Se me ocurre que una alternativa consecuente y probable sería el diseño y creación de una plataforma de intercambio de activos digitales exclusiva para artistas grafiti y muralistas colombianos, cuyos rendimientos y rentabilidades se destinen de forma prevalente a intervenir el espacio público de ciudades y municipios; promoviendo así la carrera y proyectos de vida de los artistas. La buena noticia es que los recursos tecnológicos para materializar este equilibrio, a través de un mercado especializado, están cada vez más al alcance de los creadores. Con suerte, la panacea de la remuneración justa para los artistas será cada vez más oportuna y probable. Ya quedaron inventados los NFT, ahora debemos descubrir cuál es su verdadera utilidad.


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