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  • Blog de Vertigo Graffiti

El laberinto de las emociones.

@CamiloFidel


Eran tantas las muertes violentas que el Ministerio de Salud declaró la situación como emergencia sanitaria. A sabiendas de que los mecanismos tradicionales habían dejado de funcionar hacia mucho tiempo, la entidad se decantó por probar nuevas formas de “intervenir” la comunidad. El Distrito de Agua Blanca, que representa algo más del treinta por ciento de la ciudad de Cali, era un retazo de violencias colombianas: por ahí pasaron -y se quedaron- los narcotraficantes, los paramilitares y guerrilleros y las bandas criminales. Por supuesto, no era un territorio fácil o las soluciones llanas o a ras de tierra. Por esto, el Ministerio decidió contratar a Corpovisionarios, un instituto de investigación social célebre por su fundador: el ex alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, para tratar de descubrir la raíz del problema, que involucraba -fatalmente- a miles de niños y jóvenes. Encargados de la compleja labor de entender a Aguablanca, Corpovisionarios observó, auscultó y concluyó. En efecto, una de las conclusiones -de varias muy interesantes- que arrojaron sus indagaciones fue que la comunidad -y de ahí algunos de sus comportamientos violentos- echaba de menos el arte.

Por esta razón, Corpovisionarios, decidió ponerse en contacto con el equipo de Vertigo Graffiti: conocido por dirigir los murales comunitarios de Getsemaní en Cartagena y el afilado Beso de los Invisibles de Bogotá. La primera llamada telefónica de Corpovisionarios resultó en un acuerdo preliminar entre los involucrados: el equipo de grafiteros debía visitar Aguablanca. De antemano sabían los artistas, que uno de los yugos más profundos de la comunidad eran los estigmas. Los prejuicios podrían matizarse con el básico ejercicio (enseñado por el grafiti) de caminar las calles. Incluso los taxistas, una vez llegados a Cali, los previnieron de visitar el barrio Las Orquídeas, el cual fue escogido por Corpovisionarios para llevar a cabo las medidas artísticas - en ese momento indefinidas- que Vertigo Graffiti sería encargado de crear, diseñar y ejecutar.

De esa primera visita, que consistió en un par de entrevistas con miembros de la comunidad, entre ellos un incansable líder de la cultura urbana llamado Andrés, parecía que el panorama no era prometedor: las enfermedades de la desesperanza y la desconfianza en el otro, habían calado hasta los huesos a la comunidad. Entre sus respuestas, vagas y desinteresadas, una acción artística les parecía tan apropiada como irrelevante. Parecía una calle sin salida.

No obstante, en una de las conversaciones en un parque con los jóvenes, que eran las verdaderas víctimas de la emergencia sanitaria (y parecían sacados de un campo de batalla: con cicatrices en la cara , miembros amputados y miradas distraídas) ocurrió algo inusual. A lo lejos, una abuela aparecía cargando dos pesadas bolsas de plástico. De inmediato, al verla, un par de jóvenes salieron en carrera a ayudarla. Los muchachos apáticos y esquivos demostraban así, que sí había algo que les importaba: las ancianas del barrio. A su regreso, e invadidos por la curiosidad, el equipo de Vértigo les preguntó por la razón de su comportamiento. La respuesta, de uno de ellos, un muchacho menudo y sin camiseta, que se balanceaba en un ladrillo roto, fue contundente: “las abuelas son las únicas que nos abren la puerta cuando hay tiroteos. Hasta nuestros papás le echan seguro”. Y de repente, la imagen y el mensaje se hicieron claros para los artistas: las abuelas deberían ser el núcleo de la intervención. La transformación del joven desesperanzado e indiferente, en el muchacho afectuoso y servicial, detonada por la escena de una abuela en apuros, contaba mucho más que el relato perezoso de cada uno.

Semanas después, el equipo de Vértigo Graffiti, algunos voluntarios de Corpovisionarios y miembros de la comunidad, pegaron con engrudo de yuca (un pegante casero) inmensos retratos de abuelas del barrio (algunos de casi seis metros de alto) en los lugares donde se habían cometidos actos de violencia: callejones, parques y senderos escondidos por la maleza. Lo que antes eran lugares repudiados por los habitantes por los crímenes ocurridos, ahora se convertían en santuarios protegidos por las abuelas: quienes en las fotos sostenían letreros en los que, desde el afecto y la comprensión -un insumo escaso en el barrio-, aconsejaban a los muchachos para que estos evitaran cometer delitos, entrar en riñas o matarse entre ellos. En enero de 2016, Antanas Mockus, interrogado sobre algunas estrategias de cultura ciudadana que deberían implantarse en Bogotá, diría en una entrevista al diario El Tiempo: “…no hemos encontrado a una persona que diga que iba a matar a otra y se arrepintió porque vio la imagen de la abuela, pero sí tenemos varios testimonios de muchachos que iban a fumar marihuana y cuando veían la foto de la abuela decían: “No. Delante de la abuela, no”.

Aunque algunas explicaciones quedaron pendientes, en cuanto a los efectos marginales de los retratos de las abuelas en Aguablanca, y pensándolo años después con calma (y con el impulso de un par de autores célebres) de la experiencia se pueden destacar al menos tres posibles conclusiones. En primer lugar, el hallazgo, investigación y estudio de las emociones en los seres humanos, en cuanto a su relevancia en la toma de decisiones de las personas, es un proceso mucho más certero y fértil que el análisis escueto y frío de su comportamiento (Si el equipo de Vértigo Graffiti se hubiese quedado con las palabras de los jóvenes de la comunidad, seguramente no hubiese podido entender lo que ellos estaban tratando de decirles: queremos ser valorados). Segundo, cuando las emociones individuales persisten en tiempo y frecuencia en un entorno colectivo (la desesperanza y la desconfianza para el caso de Aguablanca), se convierten en una orientación colectiva que terminará por mutar en una creencia compartida, lo que conduciría a que la comunidad -más allá del comportamiento individual- asuma una especie de coreografía grupal predecible. Por último, si el comportamiento de las personas y las comunidades son rastreables y determinables, desde la perspectiva de las emociones: es a través de ellas que se pueden procurar cambios en el comportamiento individual y comunitario.

En ese sentido, vale la pena aclarar, que desde hace un tiempo se ha descartado la idea (en eso se empeña con suficiencia y erudición la famosa filósofa Martha Nussbaum) de lo que podríamos llamar la irreverencia de las emociones. Para ella y muchos otros autores, el pensamiento estoico clásico, que las cuestionaba por su volatilidad y vocación esclavizante, debe ser abandonado por un entendimiento que las incruste en un proceso absolutamente racional, vecino del pensamiento y ordenado por procesos más complejos a los que la autora denomina creencias. La creencia hace que la emoción brote, se disfrace de pensamiento y por ella tomemos las decisiones que tomamos en nuestras vidas. En conclusión, si las emociones no son esas arbitrarias fiebres que conducen al hombre a su perdición -como se pensaba- es totalmente factible que a partir de un estudio juicioso y particular, se puedan transformar los comportamientos de las personas, e incluso de las sociedades; si se saben descifrar y tener la paciencia para obtener los resultados.

Respecto a la importancia de las emociones para describir -y descubrir- las verdaderas intenciones y decisiones de los seres humanos, la literatura al respecto es basta y convincente. Por ejemplo, para el autor inglés Clotaire Rapaille, autor de El Código de la Cultura (un best seller del año 2010) su importancia es tal, que representa uno de los engranajes más importantes en la concepción y constitución de una cultura específica. Como el agua rodea a los peces en el oceáno, así mismo las emociones, invisibles en muchos casos, envuelven toda experiencia humana. En ese sentido Rapaille, sostiene que es a partir de esas emociones -y también de la intensidad de las mismas- que se llevan a cabo los aprendizajes -buenos y malos- en las personas. En ese sentido, el autor nos asume como una especie de lienzo en el cual se graban impresiones que influyen nuestro comportamiento y nos hace quienes somos. Para él, aunque seamos similares en muchos sentidos, en el punto que marca la diferencia es la cultura que concebimos. En otras palabras, es el repertorio emocional, definido y puesto en práctica, en una época determinada el que define la cultura (vista en términos generales como la sumatoria de comportamientos de una comunidad).

De otro lado, si existen las emociones colectivas que “definen culturas” o “fijan creencias” esto se debe a que gran parte de nuestra naturaleza, está mediada por la influencia de los otros. En efecto, aunque hayamos creados imágenes (y sombras) del individuo y del proceder independiente, la arrolladora mayoría de nuestras decisiones son provocadas por la influencia de los demás. Atando lo dicho por los dos autores mencionados, podría decirse que lo que influencia nuestro comportamiento como individuos son las emociones reinantes: gobiernos constituidos por el “sentir popular”; una versión del espectro de lo que sentimos “entre todos”. Así lo establece, Jonah Berger, en su -también- best seller de 2016 Influencia Invisible, en el que destaca algo sorprendente: el 99 por ciento de las decisiones que tomamos, son previamente “decididas" por los otros, vistos como un conjunto. Y lo que es aún más interesante: de esa influencia colectiva (que ya establecimos que es emocional) surge lo que consideramos correcto o incorrecto. En otras palabras, el vademécum de valores que constituye las éticas de las comunidades está construido por las emociones que los gobiernan de forma colectiva. Los diez mandamientos deberían ser más bien las diez emociones.

En conclusión, las sociedades podrían entenderse y sobre todo hacerse más previsibles, si se enfocan mayores esfuerzos en “decodificar” emocionalmente a las comunidades y a sus individuos. Por supuesto, no es un asunto de menor cuantía, si tenemos en cuenta que es ese repertorio emocional -ya sea colectivo o individual- es el que determina cómo nos comportamos.

Probablemente, lo que quedo para reflexionar de la experiencia de las abuelas de Aguablanca es que el hallazgo emocional descubierto: la necesidad del mínimo afecto y confianza por hacia los jóvenes inmersos en la violencia (su aflicción), sugiere que la intervención de los espacios públicos con procesos artísticos puede ayudar a desentrañar esa primera pista (solo la primera, tampoco se trata de una fórmula mágica) del comportamiento de nuestras sociedades y de paso, provocar el encuentro con sus creencias, de las cuales, repito, se derivan sus éticas. De nuevo, la filósofa Nussbaum ha sugerido -y le sobran evidencias- que en el arte se encuentran alternativas muy efectivas para construir mejores ciudadanos al permitirle, entre otros, ejercicios imaginativos en los que vemos al otro a partir de un proceso humanizante. El reflejo del prójimo en nosotros mismos, dispuesto en las creaciones del artista, sean las sinfonías de Mahler, o sean los murales o grafitis de la calle, nos esculpe y va revelando quiénes somos. A mayor número de experiencias artísticas, mejor democracia, sostiene la norteamericana.

Los colombianos hemos luchado mucho para comprendernos y aún nos resultamos inexplicables. En la mayoría de las veces acudimos a la magia de la excusa y el señalamiento para justificar porqué nos comportamos como lo hacemos. No obstante, así como sucedió en Aguablanca, es hora que revelemos nuestra verdad a partir de lo que hemos venido sintiendo -y creyendo- por décadas, y de esta forma podamos evitar y transformar esos comportamientos dañinos que nos hacen ver con tanto desconfianza al otro y con tanta desesperanza a nuestro país. (También se podrían fortalecer las emociones positivas, que en todo caso también están presentes, basta mirar los miles de ejemplos de solidaridad desinteresada que están ocurriendo por esta pandemia).

Pensándolo bien, Colombia en una Aguablanca magnificada en tamaño y población, y por esto, nada se perdería si se articulan procesos que nos ayudan a entender un poco más sobre nosotros a partir de la impresión que nos causen las experiencias artísticas y sus efectos emocionales. El problema nunca ha sido sentir, ha sido no entender las razones y pensamientos detrás de estos sentimientos.

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