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Diez años después

Actualizado: 9 jul 2023

Luego de una década de El Beso de los invisibles casi todo cambió entre nosotros. Incluso el mural hace dos años también fue modificado. El tiempo desperdigó a un equipo de artistas que hoy se reparten entre la lejanía, la indiferencia y la terquedad. La imagen de casi once pisos en la que dos habitantes de calle se besan, terminó por definirnos y señalarnos un rumbo que supimos honrar y obedecer. Y aunque le estamos agradecidos, de vez en cuando se siente la urgencia de abandonarla. Dejarla atrás para someternos a un nuevo misterio. Empezar de nuevo y enderezar nuestras espaldas para poder alcanzar otras miradas. Después de todo, ya no somos los mismos.


Por su parte, la ciudad se hizo mucho más descomunal y diversa. Enrarecida, continúa tratando de explicarse a cada paso y en cada giro. No es fácil ni nunca lo fue y en eso radica el peligroso encanto de Bogotá: su temperamento intempestivo; su furia y su abrigo. Luego de años de política pública e inversiones millonarias se convirtió en sede de miles de murales que han reforzado su identidad libre y desbordada. También proliferaron las pinturas independientes y grafitis con mensajes directos y espinosos que no se someten a la lógica del embellecimiento y la concertación. Inmersa en realidades paralelas y contradictorias, la capital ha preferido la calle como escenario de deliberación; aunque queda mucho por hacer y corregir, se decantó por la observación inquieta al descartar la primitiva prohibición que tanto daño hizo en el pasado.



Proceso de creación de la escultura Ruinas #2


Quizás El Beso de los invisibles supo sobrevivir a las mutaciones de Bogotá porque su mensaje sigue siendo pertinente y verosímil. Más allá de la superficie de las paredes, repletas de color y anuncios, la condición de lo invisible (que incluye lo que no se puede ver pero también lo que no se quiere ver) sigue siendo definitiva. Bogotá crece y se hace más indiferente ante el otro: esa presencia extraña, esa multitud compañera, que se inobserva, se desoye y se desvanece. La diferencia y el diferente siguen siendo vistos con desconfianza y sospecha. El derecho a tener un rostro, una voz y una historia queda en entredicho cuando se anula la posibilidad de lo próximo, de lo tangible y de lo común. Sin duda, la invisibilidad sigue siendo la queja más proporcionada de la vida diaria en la ciudad. Y por efecto, es la razón por la que se debe insistir en la pintura en la calle, en su color y en su forma: su esencia más básica es un simple recordatorio de que los demás existen. La pintura callejera es tanto huella como indicio del otro.


Por esta razón es que algunos de los que creamos el mural hace diez años nos reunimos para conmemorar el tiempo que pasó y también el que quiso permanecer. No fue fácil dialogar con una imagen tan presente para nosotros pero que hace tanto dejó de pertenecernos. Un homenaje como forma de desprendimiento y abandono. De esta manera nació La Experiencia de lo Invisible, una exposición colectiva abierta al público que se inaugurará el próximo jueves 13 de julio en las salas y con la colaboración de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. La muestra incluye obras que nos separan de la pintura y el grafiti y nos convocaron hacia otras disciplinas y materias como la escultura, el performance, el arte sonoro y la instalación. Gracias a la participación de otros artistas con otras sensibilidades surgieron conversaciones y apuestas que nos incomodaron y desafiaron en su creación. Al fin y al cabo, era oportuno que tomáramos distancia y pudiéramos vernos bajo otra luz, otras texturas y otros sentidos pero sin abandonar la cuestión humana (¿inhumana?) que impone la costumbre, el acuerdo y la práctica de la invisibilidad. Incluso la de gigantes de color que se besan a pesar de la adversidad del aislamiento y la incomprensión.




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